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¿Qué pasa en nuestro cuerpo cuando corremos?

¿Qué pasa en nuestro cuerpo cuando corremos?

Ya sea para entrenar una carrera, para bajar de peso o simplemente por placer, correr es uno de los deportes más exigentes para nuestro cuerpo.

Los primeros minutos de ejercicio físico pueden parecer los más relajados, pero para nuestras células es uno de los momentos de mayor actividad, ya que tienen que producir energía extra en forma de glucógeno.

Al correr, nuestros músculos necesitan más oxígeno, respiramos cada vez más rápido, la temperatura corporal se eleva y transpiramos para evitar el sobrecalentamiento. Aproximadamente a los 10 minutos de estar corriendo es cuando comenzamos a quemar calorías (100 calorías cada 1,6 km).

Hay que tener en cuenta que es importante no llegar hasta el agotamiento total para evitar lesiones en músculos y articulaciones. Se debe parar de correr gradualmente, para que el flujo sanguíneo se estabilice y no dañe el corazón. Por ello, es importante planificar bien el entrenamiento sin poner en peligro tu cuerpo (un profesional puede ayudarte a planificar la sesión más adecuada a tu condición física).

Al terminar de correr te sentirás de buen humor y con mucha energía, gracias a la serotonina y endorfinas que libera nuestro cerebro para contrarrestar el estrés al que ha estado sometido.

Antes de realizar cualquier competición es conveniente realizar una serie de pruebas diagnósticas que nos ayuden a conocer nuestro estado de salud general, para no terminar padeciendo patologías mayores.

Algunos problemas comunes asociados al deporte:

1. Problemas en huesos, músculos y articulaciones

La mayoría de las lesiones musculares y articulares se deben a métodos de entrenamiento incorrectos: una recuperación inadecuada o no interrumpir el ejercicio físico cuando aparece el dolor.

Al forzar los músculos en un entrenamiento intenso algunas fibras musculares se pueden lesionar. Para prevenir lesiones crónicas es importante intercalar el entrenamiento intenso con períodos de descanso o actividades menos exigentes.

También existe la predisposición de ciertas personas a padecer una lesión deportiva por el esfuerzo desigual en su cuerpo. Por ejemplo, cuando las piernas son desiguales en longitud, se ejerce una fuerza mayor sobre la cadera y la rodilla de la pierna más larga. Por lo general, el dolor desaparece cuando se interrumpe la actividad, pero recurre cada vez que se alcanza la misma intensidad de ejercicio.

El factor biomecánico que causa la mayoría de lesiones en el pie, pierna y cadera es la pronación excesiva (rotación de los pies hacia dentro). Cierto grado de pronación es normal ya que ayuda a distribuir la fuerza en el pie, pero una pronación excesiva puede causar dolor (un tobillo flexible hace apoyar el arco del pie en el suelo y repercute en la rodilla y la pierna). Por el contrario, una pronación escasa produce rigidez en el tobillo y el arco elevado del pie no absorbe bien el impacto, aumentando el riesgo de producir pequeñas grietas en los huesos (fracturas por sobrecarga).

Los músculos, los tendones y los ligamentos se desgarran cuando se someten a esfuerzos superiores a su fuerza intrínseca. Las articulaciones son más propensas a las lesiones cuando los músculos y los ligamentos que las sostienen son débiles, como sucede después de un esguince. Los huesos debilitados por la osteoporosis se pueden fracturar fácilmente.

Los ejercicios de fortalecimiento ayudan a prevenir las lesiones. El ejercicio en sí no aumenta ni refuerza la musculatura de forma significativa, la única forma de fortalecer el músculo será ejercitarlo con una mayor resistencia de forma progresiva.

2. Patología renal asociada al Deporte

El cuerpo humano funciona como un todo integrado cuando realizamos ejercicio físico. No sólo se movilizan huesos, músculos y articulaciones, también se activan el resto de órganos y sistemas. 

Al practicar deporte, generamos estrés y un aumento de la función de los riñones. Disminuye el flujo sanguíneo al riñón, aumentan los elementos a expulsar, aumenta la cantidad de líquido que necesitamos reabsorber para estar hidratados, etc.

Todo ello puede derivar en problemas renales:

  • Oliguria de esfuerzo: disminución de la cantidad de orina que expulsamos.
  • Hematuria post-esfuerzo: presencia de sangre en la micción.
  • Proteinuria post-esfuerzo: presencia de demasiadas proteínas en la orina.

En principio, estos casos se pueden solucionar con una buena hidratación, reposo y dejando pasar unas horas. Si no se soluciona, se acudirá al médico.

Fallo Renal Agudo: se produce cuando disminuyen o fallan las funciones del riñón, durante actividades prolongadas y en casos severos de deshidratación. Es una urgencia médica que sólo se soluciona a nivel hospitalario. Esta patología es sin dudas, la peor que puede sufrir el deportista a nivel renal.

Prevenir es mejor que curar:

Si queremos evitar estas patologías, debemos vigilar muy bien la intensidad y la duración del deporte que realizamos. Siempre debemos practicar deporte de forma gradual, sin llevar a cabo locuras que nos sobrepasen o que pongan en peligro nuestra salud.

Otra forma de evitar estos problemas es la ingesta adecuada de agua y electrolitos. Cuando practicamos deporte, se busca la reabsorción de agua y sodio, pero se pierden otros iones como el potasio. En situaciones normales, se debe beber cada 10-15 minutos y en casos de temperaturas elevadas, debemos bajar el ritmo e intentar mantenernos hidratados lo máximo posible.

Por último, la dieta también juega un papel clave en la aparición de este tipo de patologías. Un exceso de la ingesta proteica supone una sobrecarga innecesaria y dañina para los riñones.

3. Daño hepático asociado al Deporte

El hígado es un órgano vital para nuestro cuerpo. Se encarga de mantener nuestra sangre depurada, produce la bilis que se encargará de la digestión y acumula glucógeno, fuente de energía para las células del organismo.

Cuando el hígado no está en óptimas condiciones o sufre algún daño, nuestro organismo corre el peligro de enfermar. Hábitos comunes como aguantar las ganas de orinar demasiado tiempo, no cuidar los niveles de colesterol, no descansar adecuadamente, no desayunar, beber alcohol con frecuencia o una dieta rica en grasas y alimentos procesados pueden perjudicar seriamente al hígado.

Síntomas de daño hepático:

  • Color amarillo de la piel. La bilirrubina (un tipo de pigmentación biliar) no puede ser eliminada y es liberada al torrente sanguíneo. Se pigmentan uñas, dedos y ojos.
  • Heces pálidas y descoloridas y orina muy espumosa y con coloración oscura.
  • Inflamación: La retención de líquidos inflamará todo el cuerpo, incluso tu estómago se hinchará sin razones aparentes y de repente.
  • Dolores abdominales: calambres estomacales y dolores agudos generalmente en la zona izquierda de tu vientre.
  • Vómitos o reflujos gástricos: el hígado dañado empuja los jugos gástricos hacia el esófago, produciendo reflujos ácidos y problemas de digestión, incluso vómitos.

Las transaminasas: Un aumento excesivo de las transaminasas puede estar relacionado por:

  • Causas hepáticas: consumo excesivo de alcohol, medicamentos, hepatitis vírica (B y C), hígado graso, hepatitis autoinmune, hemocromatosis, enfermedad de Wilson, etc…
  • Causas extrahepáticas: enfermedad celiaca, miopatías hereditarias o adquiridas, ejercicio intenso, sarcoidosis, enfermedades de vías biliares, neoplasias con metástasis, una dieta alta en proteínas puede provocar a largo plazo una lesión hepática (más de 3.5-4g por kg de peso), etc...

La realización de ejercicio intenso de forma habitual puede elevar las transaminasas. En estos casos es recomendable bajar la intensidad del ejercicio y aumentar el consumo de antioxidantes (zumo de limón o pomelo, por ejemplo).

4. Problemas cardíacos asociados al Deporte:

El ejercicio físico es un mecanismo efectivo para controlar y reducir los niveles de estrés y mantener un nivel óptimo de salud, pero hay que realizarlo sin sobrepasar nuestros límites, para no poner en riesgo nuestro corazón.

Desde el punto de vista cardiovascular, el estrés por sí mismo no supone un problema para el corazón. Sin embargo, si se encuentra unido a otros factores: hereditarios, hipertensión arterial, hipercolesterolemia asociada a una alimentación inadecuada, tabaco, etc... puede ser un desencadenante de un accidente coronario.

Antes de una competición es recomendable realizarse alguna prueba diagnóstica para detectar, de forma precoz, patologías cardiovasculares de riesgo:

  • ECG (Electrocardiograma): sirve para registrar la actividad eléctrica del corazón, mediante la monitorización con electrodos.
  • Prueba Esfuerzo (Ergometría): sirve para conocer la respuesta de nuestro organismo ante la intensidad deportiva. La prueba consiste en realizar ejercicio físico, en tapiz rodante o bicicleta estática, aumentando progresivamente la velocidad. 
  • Ecocardiograma (Ecografía cardíaca): facilitará la detección de alteraciones cardiacas que puedan pasar inadvertidas en otras pruebas. El ecocardiograma permite observar una imagen del corazón en movimiento y aporta información de la forma, tamaño, función, fuerza del corazón, movimiento y grosor de sus paredes y funcionamiento de sus válvulas.
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